HISTOIRE DU LPGC : La relique macabre

HISTOIRE DU LPGC : La relique macabre
HISTOIRE DU LPGC : La relique macabre
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Rafael y Klaus habían sido contratados por un coleccionista de antigüedades muy peculiar conocido como el conde. Su singularidad residía en que no coleccionaba antiguallas inocentes, como sellos o libros, sino algo mucho más oscuro. Su verdadera pasión era atesorar reliquias macabras: objetos vinculados a tragedias y figuras infames con los que satisfacía su curiosidad morbosa.

Entre sus tesoros se encontraban instrumentos de tortura, una silla eléctrica, una lámpara de piel humana, cabezas reducidas, notas de suicidio de celebridades, ropa ensangrentada de famosos asesinados, objetos malditos, pertenencias de asesinos en serie e incluso restos de naufragios notables como el Titanic. Esta afición, que escandalizaba a la mayoría, importaba poco a Rafael y Klaus a quienes había ofrecido una recompensa exorbitante por conseguir una pistola de la Segunda Guerra Mundial. El arma en cuestión pertenecía a un alemán de mediana edad que, a pesar de sus reiteradas y crecientes ofertas, se negaba a desprenderse de ella debido a su valor sentimental.

Naturalmente, esto no suponía ningún problema para Rafael y Klaus, pues ambos eran grandes amigos… de lo ajeno. Su víctima, un sexagenario al que apodaron el viejo, vivía en una villa aislada junto a su esposa. La casa, rodeada de un paisaje agreste con formaciones rocosas y vegetación típica de la isla, era el lugar ideal para quien buscase escapar del bullicio, pues se encontraba en la playa de Taurito, al sur de Gran Canaria.

Taurito era prácticamente desconocida. No solo por ser mucho más pequeña que el resto de las playas del litoral moganero, sino por estar rodeada de montañas. Aquella joya de arenas doradas y aguas turquesas, engastada entre acantilados, permanecía virgen, intacta y al margen de los libros de viajes y las guías turísticas. Apenas se mencionaba brevemente en la prensa cuando el cadáver de algún desventurado turista, que había tenido la rara suerte de encontrar la playa y la habitual desgracia de bañarse borracho, aparecía flotando en ella.

Rafael y Klaus se preguntaban qué hacía viviendo allí, tan lejos de todo y de todos, aquella extraña pareja. Su casa estaba custodiada por un fiero pastor alemán, entrenado para ladrar en cuanto un desconocido se acercase, pero lo realmente peligroso no era el perro, sino su amo, que atesoraba una colección de armas de fuego, algunas cargadas. Como casi todos los alemanes de su edad, debía ser un veterano de la guerra, así que sabría usarlas y, en caso de verse amenazado, muy probablemente lo haría. Sin embargo, la promesa de una recompensa tan grande hizo que Rafael y Klaus decidieran asumir el riesgo.

Cada mañana repetían la misma rutina: tumbados sobre sus toallas en aquella playa desierta, fingían disfrutar de un día radiante, cuando en realidad, bajo sus gafas de sol, vigilaban atentamente la casa, siguiendo cada movimiento de sus dos habitantes. Su única distracción era la radio, que les ofrecía un leve entretenimiento a base de noticias y música. Así, durante varios días soportaron aburridos todos los detalles sobre la erupción del Teneguía en La Palma, la concesión del Nobel de literatura a Pablo Neruda o como el Shah de Irán despilfarraba una fortuna conmemorando el 2.500 aniversario de la creación del Imperio Persa, mientras una y otra vez sonaba hasta la náusea el último éxito de John Lennon, Imagine, que con su voz empalagosa pedía lo imposible mientras ellos continuaban su vigilancia encubierta.

Una noche, Rafael y Klaus vieron al viejo y su esposa abandonar la casa en coche. Tras dos semanas de vigilancia sabían que todos los viernes iban a cenar al restaurante de una localidad lejana junto a otros compatriotas con los que pasaban la noche charlando hasta muy tarde, así que había llegado el momento. Esperaron pacientemente a que se alejaran y cuando estuvieron seguros de que no regresarían, se pusieron manos a la obra.

Primero, sedaron al pastor alemán con un tranquilizante. El perro cayó al suelo, inconsciente, y los dos ladrones se dirigieron hacia la puerta principal. Klaus, todo un experto en cerraduras, sacó una ganzúa y en cuestión de segundos, se abrió con un suave chasquido.

Entraron a la casa con sumo cuidado y cuando sus linternas comenzaron a barrer la oscuridad quedaron estupefactos. Las paredes estaban cubiertas de retratos de Hitler, águilas imperiales y cruces gamadas. Varias vitrinas, llenas de objetos del Tercer Reich, se alineaban en el salón mostrando dagas ceremoniales, medallas y diplomas, todos expuestos y conservados con meticuloso esmero.

Aquello era un santuario dedicado al capítulo más luctuoso de la historia de Europa. Un lugar en el que el tiempo parecía haberse detenido antes de la victoria aliada. La linterna de Klaus fue iluminando las condecoraciones una por una hasta detenerse en la que ocupaba el centro de la vitrina principal.

– ¡Esta es la Deutsche Orden –exclamó asombrado–, la condecoración más prestigiosa otorgada por el Partido Nazi! Todo un honor concedido personalmente por el Führer a quienes demostraban un valor excepcional en el servicio al Estado. Por eso era conocida como la Orden de Hitler. En el reverso lleva su firma, pues según él, representaba el máximo honor que podía recibir un alemán. De hecho, sólo once personas fueron galardonadas con ella y casi todas a título póstumo.

Después de aquello era evidente que el viejo era algo más que otro coleccionista de memorabilia del III Reich, así que debía ser uno de los muchos nazis que tras la guerra encontraron refugio bajo el manto del caudillo. La Península estaba llena de ellos: Otto Skorzeny en Madrid, León Degrelle en Málaga… ¿pero a qué antiguo nacionalsocialista podía ocurrírsele vivir allí, en medio de la nada?

Rafael se acercó a una mesa donde destacaba una gran foto enmarcada. Era una imagen en blanco y negro en la que reconoció al viejo, mucho más joven. Tenía un aire marcial y lucía orgulloso su uniforme de gala, con aquella insignia destacando en la pechera, mientras posaba de pie junto a quien jamás hubiera imaginado: ¡Hitler! La incredulidad y el horror se apoderaron de él. ¿Quién era el viejo? Rafael quedó paralizado, incapaz de apartar la vista de la fotografía, con la mente nublada por el miedo y una creciente sensación de peligro, preguntándose si habían cometido un error fatal allanando su casa.

La foto tenía una dedicatoria pero estaba en alemán, así que se la entregó a su compinche para que la tradujese.

– Mira esto –susurró Rafael con voz entrecortada.

Klaus se acercó y sus ojos se abrieron con sorpresa.

– ¿Qué sucede? –preguntó Rafael.

Entonces Klaus tradujo en voz alta: ‘Para mi fiel Reichsjugendführer Artur Axmann, con admiración y gratitud, Adolf Hitler’. La imagen le hizo darse cuenta de la verdadera identidad del dueño de la casa.

– ¡Artur Axmann! –exclamó Klaus como si nombrase al mismísimo diablo en persona.

Rafael comprendió que aquel nombre le había provocado un torrente de recuerdos dolorosos, pero aun así se atrevió a preguntar:

– ¿Quién es?

– ¡No puede ser… era el líder de la Juventudes Hitlerianas! Junto a Albert Speer y Baldur von Schirach es el jerarca nazi de mayor rango en libertad. Ahora entiendo qué hace aquí, en el fin del mundo.

– Este hombre –añadió Klaus con amargura– fue un nazi tan fanático que además de acompañar a Hitler hasta el último segundo, envió a miles de niños a una muerte segura.

– ¿Qué estás diciendo?

– Lo que oyes. Durante los últimos meses del conflicto supervisó el reclutamiento y envío de adolescentes y niños al frente, algunos de tan sólo trece años, como carne de cañón. Bajo su liderazgo, las Juventudes Hitlerianas se convirtieron en una fuente de reclutas para el ejército nazi. A medida que la guerra llegaba a su fin y las fuerzas alemanas sufrían grandes pérdidas, Axmann autorizó y promovió el uso de menores en combate. Esos jóvenes, mal armados, peor entrenados y tan faltos de experiencia como llenos de ideales, fueron enviados a luchar en condiciones extremadamente peligrosas tras ser adoctrinados para sacrificarse en nombre de la patria con tanto ímpetu que los que no murieron por ella resultaron gravemente heridos.

– ¿Cómo puedes estar tan seguro?

– Porque fui uno de ellos.

Klaus recordó con claridad los días oscuros de la guerra, cuando siendo apenas un crío que acababa de ponerse sus primeros pantalones largos, había sido enviado al frente por Axmann. La mayoría de sus amigos habían muerto, y él mismo había sobrevivido de milagro.

No podía creerlo. Tras veintiséis años del final de aquella pesadilla y después de volar miles de kilómetros hasta el otro extremo de Europa para escapar de un pasado traumático, acababa de reencontrarse con él. Allí estaba de nuevo, en la otra punta de la isla, dentro de una casa perdida en medio de la nada.

Rafael, ignorando su conflicto interno, siguió buscando la pistola. Después de varios minutos, la encontró en una vitrina de vidrio, rodeada de otras armas de la época. Era una Walther PPK impecablemente conservada.

– Aquí está –dijo Rafael, abriendo la vitrina con cuidado–. El conde nos va a pagar un dineral por esto.

– ¡Qué extraño! –exclamó al observarla más de cerca– Esperaba que fuera una de esas pistolas bañadas en oro con cachas de marfil y otros adornos extravagantes que encargaron los gerifaltes nazis. Esta no tiene nada de particular, no entiendo por qué nos ha ofrecido un pastón por robarla. ¿Qué interés puede tener en ella? Las tiendas de anticuarios de media Europa están llenas de armas así, reducidas a chatarra tras la guerra.

Al oír eso Klaus le arrebató la pistola y comenzó a examinarla minuciosamente cuando de repente comprobó algo raro. Parte de su superficie estaba salpicada de manchas oscuras que contrastaban con el brillo frío del acero. ¿Qué era aquello? –pensó–, hasta que después de inspeccionarla detenidamente comprendió, por su textura rugosa, que eran restos de sangre coagulada.

– ¿Por qué no la habrá limpiado? –se preguntó en voz alta e inmediatamente dedujo el origen de aquellos rastros de sangre seca.

– ¡Es sangre de un suicida! –dijo llevándose el arma a la sien como si él mismo fuera a quitarse la vida.

Sus manos, que segundos antes sostenían el arma con curiosidad, la arrojaron en la vitrina con una mezcla de disgusto y repulsión. Retrocedió dos pasos, intentando alejarse física y mentalmente de ella y con voz firme, mientras se limpiaba las manos en la ropa, sentenció:

– No podemos llevárnosla.

Rafael lo miró, incrédulo. No entendía qué podía haber anulado, de repente, la legendaria codicia de aquel ladrón de guante blanco y alma negra. Un malhechor sin escrúpulos capaz de robar hasta a su propia madre.

– ¿Qué estás diciendo? ¡Pero si vale su peso en oro! Tras este golpe podemos dejarlo para siempre.

– No has entendido nada –replicó Klaus mirándolo con ojos llenos de una determinación férrea–. Esta no es la Browning con la que acribillaron a balazos a Rasputín ni la Deringer que empleó John Wilkes Booth para asesinar a Lincoln, ni el revolver con el que se suicidó Van Gogh. No voy a lucrarme con algo tan siniestro.

Rafael, furioso, intentó insistir.

– ¡No seas ingenuo, Klaus! ¿Qué importa si es el arma de un suicida? ¡Piensa en el dinero!

Pero su cómplice no se dejó convencer. Con un movimiento rápido, cerró la vitrina y volviéndose hacia la salida gritó:

– Nos vamos… ¡Ahora!

Rafael, aunque reacio, comprendió que no tenía elección. Sabía que discutir con Klaus era inútil. Cuando tomaba una decisión no había vuelta atrás. Además, él era el único que sabía cómo salir de allí sin dejar rastro. Con un suspiro de frustración lo siguió.

Al abandonar aquel tétrico museo, el silencio de la noche los envolvió. Klaus respiró hondo, atónito por haber reencontrado el infierno dentro del paraíso y de repente comenzó a reír a carcajadas como si la locura se hubiera apoderado de él. Luego apagó su linterna y desapareció en la oscuridad.

Rafael lo buscó siguiendo el eco de su risas histéricas, que poco después se transformaron en lamentos y sollozos. Cuando finalmente lo encontró, estaba tirado en el suelo balbuceando incoherencias y frases en alemán, con la mirada perdida, ajeno a todo. Sin comprender qué había sucedido, lo llevó de prisa a un hospital.

Nada más llegar, fue atendido por un grupo de médicos mientras Rafael esperaba fuera. Poco después, uno de ellos salió para informarle:

– Le he administrado un sedante, así que estará calmado por un tiempo, pero lo que realmente necesita es un psiquiatra.

– ¿Tan grave está?

– Evidentemente, ha perdido por completo la cordura. Asegura, entre otras cosas, haber empuñado nada menos que el arma responsable del disparo más trascendental de la II Guerra Mundial.

– ¿Qué arma es esa? –preguntó Rafael extrañado.

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– La pistola con la que se suicidó Hitler.

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